lunes, 24 de marzo de 2008

Pasiones

Fuimos,
cuando callaron las palabras,
Solo uno.

Roces de cuerpos jadeantes,
de salivas humedeciendo sexos,
erguidos y abismales,
sin límites.

No precisamos sonidos
que pronuncien nuestras lenguas
(manos húmedas),
en ese instante oculto
de miradas ausentes,
cómplices nuestras almas
hambrientas de ternura.

Y fue el final (o el comienzo),
de la angustia, de la espera,
el éxtasis total (la calma aparente),
disimulado
por el cansancio de los cuerpos.

Y fue entonces
que tomé tu rostro y lo hice mío,
para sentir,en la ausencia que te lleva
la paz de saber que no fuiste un sueño.

sábado, 22 de marzo de 2008

La sombra del amor

No sé como sucedió ni cuando, solo sé que un día asomado a la baranda del puente negro, sobre el lago artificial del parque Sarmiento, cuando el sol descendía abruptamente en los cortos días de invierno, vi reflejarse sobre el agua, verde de musgo y suciedad acumulada, una sombra de mujer, curiosamente adosada a mi propia sombra. Giré mi cabeza tratando de ver a la persona que se había acercado sigilosamente sin que yo me percatara, pero no había nadie detrás, ni siquiera en los alrededores como para suponer que haya escapado rápidamente.
Superado ese instante de confusión y pensando que el sol me había jugado una broma, volví a mi situación inicial para observar a los patos que allí se concentraban en busca de su alimento.Transcurrió un instante y otra vez la sombra proyectada sobre el agua junto a la mía, esta vez no me di vueltas, me quedé observando a mi sombra moverse junto a la otra misteriosa sombra como si ambas tuviesen vida propia. Lo primero que atiné fue preguntarle quien era. Ésta, definitivamente sorprendida y sin tiempo a ocultarse nuevamente no le quedó más que dar una explicación para aclarar su situación.
La sombra me contó que hace un año atrás, en el invierno del ’79, había una mujer enamorada (su dueña), la cual fue muy desilusionada por el hombre que amaba y atormentada por la pena, decidió terminar con la agonía que significaba despertar cada mañana sin el amor a su lado, y la solución era arrojarse al lago que a pesar de no ser profundo sería suficiente para terminar con su vida.
La sombra continuó con su relato ante mi asombro por la historia narrada.

- Intenté convencerla que desistiera de aquella loca idea, que había para ella otros amaneceres distintos, que solo debía esperar a que el tiempo ayude al olvido, que seguramente otro amor suplantará su pena por alegrías, pero ella no escuchó razones, ni siquiera tuvo un mínimo de consideración por mis propios deseos de no terminar como ella. Yo me sentía una sombra fresca, llena de vida, que merecía otras oportunidades, por eso, cuando la mujer trepada a la baranda del puente se dejó caer, logré estirar mi largo brazo de sombra que el sol del atardecer proyectaba y asirme a los maderos del puente, hecho que me salvó la vida pero que no detuvo la caída de la mujer, que fue desprendiéndose de mi como una piel desgarrada, cayendo definitivamente al agua verde y de la cual recién pudieron rescatarla unos días después cuando un ciruja que deambulaba por la orilla del lago la descubrió.

¿Qué hiciste desde entonces le pregunté?

- Mucho tiempo esperé escondida entre los árboles, detrás de otras sombras, para no asustar a nadie, hasta que un día apareciste y me acerqué sin que te dieras cuenta de mi presencia y me escondí detrás de tu propia sombra, mimetizándome con ella. Ella, apiadándose de mí nunca me delató, al contrario, llegamos a ser grandes amigas y a compartir momentos agradables cuando la oscuridad se hacía presente. Eso hasta el día de hoy, que no pude resistir a asomarme alentada por los recuerdos de ese amor muerto, justamente allí, una tarde fría de invierno cuando quedé definitivamente sola.

Sorprendido y conmovido por la historia de esa mujer, contada por su sombra, decidí que no había razones para pedirle que me abandone, al contrario, sentí la necesidad de proveerle a mi sombra una compañía para que en las noches, cuando ya no cumplan con su misión de proyectar mi figura, puedan descansar mimetizándose con la oscuridad.

Centinela

La luz de Luna

abrocha tu sombra.


Se despide

como vuela un pájaro,

con un beso.


Marioneta del viento

en las ruinas de lo dicho.


Me deja

centinela de estos cuerpos

que el poema intenta aliar.


He reflejado mi imagen en este espejo que es la vida y encontré otra que vale la pena ser mostrada, no porque la haya encontrado yo, sino porque su curiosidad vino a mi, y es un halago haberla contemplado. Se llama Daniel O. Requelme y me he tomado el atrevimiento de mostrarlo sin su autorización, porque la vida transcurre muy rápido y no quise perder tiempo en formalismos y aquí publico su dirección, su sabiduría sabrá entender mi osadía. Su dirección es...

http://danielrequelme.blogspot.com/

Algo para no pasar por alto.

jueves, 20 de marzo de 2008

Sonidos


De hamacas (mi escuela)

De niños (mi infancia)

De trenes (mis sueños…mis sueños)

De pájaros (las escapadas en las siestas)

De música (el tocadiscos de mi padre)

De guitarra (papá Noel, me la debes)

De silencios (mi adolescencia)

De herramientas (mis manos)

De primeras palabras (mis hijas)

De perdón (me faltan pedir muchos aún)

De tu voz (siempre tu voz)

Tacto


A madera (mis juguetes)

A barro (la libertad de mis pies descalzos)

A caramelo con maní (siempre presentes)

A naranjas de ombligo (Julio, mi amigo)

A pasamanos de trenes (otra vez mi sueño)

A taco de billar (mis escapadas del colegio)

A piel (mi primera vez)

A caña de pescar (mi adolescencia)

A labios (mi primer beso)

A cuerpitos de bebes (mis hijas)

A vos (siempre vos)

Sabores


A miel (mi infancia)

A pastelitos con almíbar (mi madre)

A caramelos con maní (mis travesuras)

A dulce de batata con queso (mi padre)

A duraznos blancos (mi casa)

A caña Legui (mi adolescencia)

A Marlboro (mi trasgresión)

A licuado de banana (mi juventud)

A empanadas turcas (toda la vida)

A cabernet-sauvignon (mis amigos)

A flan casero (vos)

Colores


De mis primer lápiz (azul y rojo)

De mi primer pantalón (azul grafa)

De mi infancia (verdes y tierra)

De mis primeros amigos (color inocencia)

De mis maestra (su celeste mirada)

De mi madre (el castaño de su cabello)

De mi padre (la gris tristeza de su mirada)

De mi adolescencia (el negro)

De mis hijas (todos los colores)

De vos (el marrón almendra)

Aromas



A pan dulce casero (mi madre)

A flor de palo borracho (mi infancia)

A galletitas manón (en mis bolsillos de niño)

A tinta derramada (mis aulas)

A mandarina (mis manos)

A barro (mis pies)

A trenes ( mis sueños)

A río (mi adolescencia)

A cigarrillo (mis transgresiones)

A perfume Jhonson’s (mis hijas)

A Sur naturel (mi isla)

A vos (mi sentido)

domingo, 16 de marzo de 2008

SINO

Me contaron que te vieron persiguiendo una quimera,
que ya no eras la misma, que algo en ti había muerto,
que el amor al que aferrabas se había marchado lejos
dejando tus manos frías y un gran vacío en tu pecho.

No fueron correspondidos, el amor, las caricias y besos,
que ultrajó sin compasión la inocencia de tus sueños,
que forjaste aquella noche cuando el mentía un te quiero,
y te aferraste enamorada consumando los deseos.

Que ya no eras la misma, eso entonces me dijeron,
que divagabas recuerdos por horizontes eternos,
esperando su llegada como un vigía de puerto
la barca que lo trajera para encallar en tu cielo.

Yo tampoco soy el mismo, algo en mi también ha muerto.
Ya no quedan esperanzas que alimenten estos sueños,
de poder decirte un día, que eres mi luz, mi sino y mi cielo.
Que hubiese dado la vida tan solo por un momento,
para acariciarte el alma con la ternura de un beso,
y pedirte que te quedes, que afuera no hay otro cielo,
que pueda darte la calma o el amor que te mintieron.

Que ya no somos los mismos, eso fue lo que dijeron.