miércoles, 30 de diciembre de 2009

Nudos





Habitas en mi garganta
como el primer tren rumbo al canto eterno.
Evacuas el humo en tu aire
y el último vagón respira melodías.
Respira de vos.

Son los días que viajan húmedos
que atraviesan lastimando cuerdas irritadas,
disimulando amagues de extrañezas
entre los pañuelos de versos desechados.
Es el resfrío que irrita a la ausencia.

No obstante sigo la marcha
y reverbera la luz de la farola entre luciérnagas,
son las ventanillas del alma que se abren
colapsando las retinas.
Hasta los míseros lacrimales se anegan.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Ríos de leche y medialunas




Sobre tus senos divagan dos vientos:
uno blanco y otro azul.

El blanco ama tu seno izquierdo;
dice que hay una aureola boreal que lo encandila
cuando la luna está detrás del monte de Venus.
El viento azul lo niega;
que el seno derecho es el más bello,
porque es espejo de un faro extraviado
que se proyecta en forma de velero.

Yo digo; desde mi horizonte de axila,
que son los senos más bellos que han bebido mis labios,
que por ellos transitan ríos de leche y de medialunas
cuando mi frente los acaricia y su sudor se mezcla de sus aromas.
Yo los bebo, cada rocío, cada café que preparas con ellos
y son el elixir de mis mejores tormentos.

Tus besos de pezones erectos rozando mis labios…
¡Ay, qué tormento!
Y son sólo míos cuando los bebo.

Tatuando versos



Sutilmente,
el menor roce de un aliento
desnuda la piel de seda,
se descubre tímida
la varilla que marca tu cintura,
talle irrigado de gestos que abrazan
besos de agua.

Como el tallo de arroz te meces
en la inundación espontánea,
seduces las terrazas de las manos
que absorben tus granos
ellas te cosechan
te erigen matriz del poeta.

Firmemente,
marco huellas de versos
en tu piel-hoja de papel de arroz
y no te quiebras.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Saldos y retazos




I
Me confunden las horas de la espera
pasan cruzadas, descruzadas;
las cuento tantas veces
como a esas golondrinas que regresan a sus lugares de estíos
tan distantes y opuestos pero sin olvido, al mismo sitio.

II
Son tan bellos los unicornios
y es tan puro dormir sobre ellos
como en un colchón de cuernos en puntas
tan filosas como las puntas agudas de los cipreses.
Ambos no duelen cuando se es carne muerta.

III
Me confunde el cántaro.
Tantas veces ha ido a la fuente
sin embargo nunca volvió lleno ni ROTO.
Fue la fuente cuando vino a buscarlo
que se desgranó en astillosas lágrimas de arcilla.

II
¡Son tan bellos los unicornios!

sábado, 19 de diciembre de 2009

Transparencias




Adelante: la memoria abierta
centellea en los picaportes,
despliega los goznes
en chillidos espeluznantes.
No corro tras la sombra que huye
despavorida por las cornisas:
sé que volverá.

Atrás: dos soles blancos
uno llama, otro luz
ambos un conjuro de distancias.
La loca cordura que practica cirugías
a un vértigo que quiso ser vida,
apenas un brote de sueño
entre las piedras.

Al centro yo; el desconcierto.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Solana




Entre los arbustos perezosos
saltando de rama en rama
se entretiene la prisa.
Juega silenciosa la tarde.

Un gnomo duerme la siesta
y el aire atrapa abandonos;
huele a tierra seca la solana.

Las bocas guardan silencios,
los pies cuartean las sombras.
Una sonrisa desgastada
tras los ojos achinados
otea la abulia.
Se expande la ausencia.

Incongruencia del ser:
decir que el sol es vida
cuando no hay nadie en el paisaje.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Mudan las esperas




Como el ave
remontaba el cielo;
incansable.

Eran sus plumas
la piel del viento
la carrera loca del verso:
escribía poesías en mi cuello.
Sus alas plumosas
mi alero.

Como el ave
se desprendió en colgajos
desde mi arcilla seca.

Fueron las guerras
que la alejaron de mi paz,
mi incertidumbre,
mi abulia encanecida,
mi vuelo ciego
hacia el fuego frío.

Como aves
mudan de nido las esperas,
impacientes, estériles.
Así perdimos el horizonte
y extraviamos los sentidos
hasta ser pájaros
en desconcierto,
mudos,
idos.

Y caímos.


Imagen: Rufino Tamayo (I). Hombre mirando pájaros.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Diciembre de los bostezos





No te he hablado de diciembre
ni de sus encuentros conmigo tras los días de ruidos;
del temblor que provocaba la copa vacía
sobre el extremo de una mesa incompleta
y de comida sobre un plato sin tocar.

Afuera las urgencias de llegar
a un simulacro rutinario de ser feliz
al menos una vez cada natalicio,
cada muerte inconclusa,
cada desvarío explotado en pólvoras al cielo.

/ No te he hablado de mí /

Plagiar la risa desde un corcho,
muestrario de una existencia efímera,
letal y etílica, volátil como burbujas de gas
escapadas en eructos trasnochados,
alientos de manzanas pecando en abandono.

Es el desvarío, la lluvia de falsas estrellas
que incendian árboles de plásticos coloridos
vacíos como las copas luego del suicidio,
del brindis de los bostezos, de las perezosas campanas
aturdidas de ruidos que desentonan la noche.

/ Te he hablado pero estabas ausente /

Y me recojo junto a los trastos de una cena inútil,
apago los versos escritos en servilletas mojadas,
desparramáronse las letras sobre la sopa de sidra
que grabaron un adiós sobre mis sienes,
hasta el próximo natalicio, si es que otra vez resucito.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Aquellas incógnitas





Intenté dormirte, vestirte musa desde los versos,
desde la matriz de incógnitas tajantes de libélulas en celo
hasta la certeza efímera de un laúd sordo y descordado.

Y quise dormir contigo en los ápices de tus senos,
en la vorágine inmadura de tus deseos de vientres,
de un Noviembre ajetreado de sonámbulas mariposas.

No hubo reconciliación tras las cortinas de pestañas,
las vías con sus baches de noctámbulos borrachos
sepultaban botellas y besos rojos en las colillas apagadas.

Murió un semáforo atropellado en represalia,
por la osadía de guiñarme un verde justo cuando te soñaba.

Voló un rojo sobre el horizonte negro, tiñó un ojo de vino
amoratado, amanecer de párpados sobre tu ausente esqueleto.

Ya no intento dormir sobre el champagne derramado,
se han viciado las musas sobre un ikebana de yeso
que firmaba tu nombre con glicinas escarlatas
en la matriz de incógnitas de tus libélulas en celo.