domingo, 28 de febrero de 2010

Donde duermen las lluvias



Murió la tarde, como el trigo segado,
como el viento desgranándose en brisas.
Así nos desgranamos gastando los abrazos,
los te quiero de lluvias, los siempre suspensivos,
y al igual que el trigo, nos convertimos en masa
para nuestro pan diario,
y somos amantes sin la carne,
implícitos en piel y noches;
nadie nos vio, nadie lo sabe.
Sólo las lluvias amándose sin verbos.

Niña chocolate


Correré a tu lado
a mi norte
aunque no me veas derretirme
adosado a tu sol.

Niña de chocolate,
papel de arroz
sobre los pies del aire.
Mujer en erupción
tan natural como pétalos,
una bocanada de risas.

Tú, dueña de mis espejos:
tus ojos.

martes, 23 de febrero de 2010

Fisuras



De pronto digo mansedumbre
y aparece una boca austera llena de hambre;
me besa la nostalgia, abraza lo irreconciliable,
fatiga con creces las bisagras de mis ojos
y salvajemente tierna me devora la ausencia.
Por un instante soy vulnerable.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Hasta que el silencio cercene la lengua de mis versos



Me retiro tres pasos
ampliando el radio de mis ojos;
distingo luces mortecinas
sucumbiendo en corazones desposeídos;
en la cornisa llora la vida
oblicua a nuestro abandono.

Te seguiré encontrando
luego de las muertes de las rosas,
sin vergüenza del llanto estéril.
Nada vale más que tu piel que me sostiene.

Amor crepuscular,
el que me suicida con poemas
y me renace en rocío-miel,
zángano libertino de tu esencia.
Tantas veces libaría tu sangre
como siempre antes,
como antes.

Seguiré hablándote
orgulloso de mordaza y pluma
hasta que el silencio cercene la lengua de mis versos
y la vida salte desde la cornisa
con la última palabra
desintegrada.

martes, 9 de febrero de 2010

Como los peces de barro




Tómame los abrazos
como la memoria que regresa,
planifica un tiempo de reencuentros,
sin preámbulos,
con la osadía de una gaviota
queriendo ser pez en los remolinos,
en la generosidad de un río que sube
para devolver las aguas a las lluvias.

Tómame en el preciso instante
que quiebra la cascada,
voltea tu vista hacia la orilla opuesta al sol;
allí verás un velero agrietado,
anclado entre rocas gastadas
por los besos de tantas lluvias marrones,
como las angustias de los peces de barro
que pintan las orillas.

También soy un pez de barro
siguiéndote tras la crecida.