viernes, 27 de junio de 2008

Pídeme

Esta noche quiero quedarme contigo,
que mi voz susurre la pasión en tu oído,
que mis manos espíen sobre tu vestido,
el húmedo abismo que encierra delirios.

Que no haya nadie que distraiga el tiempo
de poder amarnos en libre albedrío,
como aquella tarde cerca del crepúsculo
cuando fuimos uno a orillas del río.

Esta noche siento tan solo el deseo,
de oír palpitar tu pecho sobre el mío,
que tus ojos digan que soy solo tuyo
y murmures te quiero entre tus gemidos.

Y que no haya moral ni haya marido
que impongan barreras entre tu sexo y el mío,
y que al llegar el alba en el lecho tibio
pidas que me quede por siempre contigo.

jueves, 26 de junio de 2008

El amor en los tiempos sin cólera

Todo era magia, misterio, palabras encantadas,
y fue un placer cuando te fuiste, besar la huella de tu cuerpo en mi cama desarreglada,
prolongación de tu presencia en el aroma y la tibieza que dejabas.
Después, la vida se encargó de afirmar
entre despedidas y reencuentros, que todo aquello que comenzó desde la nada,
era mucho más que un simple encuentro, producto de dos almas necesitadas,
era la profanación de la cordura por el amor prohibido y que nada importaba,
que sobre todas las cosas la ternura sería el arma
con que flagelaríamos nuestros cuerpos,
en cada encuentro y hasta en una simple mirada.
Eras la coincidencia que los incrédulos negaban,
de poder amar a dos partes y sentirte igual de amada.
El tiempo pasó, la distancia parecía lejana,
el amor quizás era el mismo pero de manera diferente se expresaba,
ya no habían urgencias, solo la madurez expresada, en escasas y profundas palabras,
en miradas de fuego apasionadas, en silencios cómplices que mostraban,
que la unión entre nosotros era profunda, inmaculada,
que a pesar que a veces la pasión quemaba,
habían otros fuegos para disfrutar y eso bastaba.
Al menos eso fui cuando te amaba, entrega, espera, silencios, a veces nada,
pero el resultado fue tenerte, se que para siempre, aunque nunca seas mía,
aunque tenga la certeza que no me buscarás por las noches debajo de las sábanas,
siempre serás el amor, que surgió de la nada,
en aquel espacio etéreo, inconcebible, casi irracional,
instante fulgurante en el que supe que para siempre serías mi amada.

Sensatez

No dejes amor que adentro llueva,
afuera el frío no acompaña,
no quiero partir esta noche solo,
anegado el corazón y el alma.

Besos al aire

Parte el beso audaz buscando su destino,
musita el deseo en la ansiedad del aire,
de llegar a trémulos y lejanos labios,
que son el preludio del voraz delirio.

La dueña del beso subyuga mi alma
y reposa distante ajena a mis ganas,
de llegar herido al morir la tarde,
desplegado en besos sobre su regazo.

Abrazó la noche la piel desgarrada,
del silencio eterno que nunca responde,
murió el beso que parió mi boca,
porque el corazón amado ya tiene su dueño.

Desilusión

Palidece la espera en callado murmullo.
Tiemblan sus manos al apretar el vacío.
Sus ojos aumentan su rutilante brillo.
Lágrimas corriendo riegan su vestido.
Sus brazos caen colgando rendidos.

La decepción abrasa mi seca garganta.
Su reacción muda eclipsa mi alma.
Mi amor profesado se funde a la nada.
No hay devoluciones de hermosas palabras.
El silencio basta, ella no me ama.

Desahogo

Aureolas de sal sobre la almohada,
de siglos hastiados de soledad,
de postigos cerrados en silencios,
de apretada garganta en orfandad.

Era la angustia que paría,
lágrimas redondas de tristezas,
derramadas en insomnes noches,
cuando la vida era fría piedra.

Como el efímero espacio de un segundo,
brotaban para morir deshidratadas,
y solo quedaba la resaca,
del dolor sobre mi almohada.

Compungido en contracciones,
sin más testigo que mi alma,
cuando la agonía de estar vivo,
derramaba lágrimas saladas.

No era el final, era el principio,
el comienzo de la calma,
era el elixir que relaja,
la pena que no se marcha.

De río

Claudica la luz al llegar el ocaso,
el abrazo se enfría cuando el adiós se aproxima.
Nada es como entonces,
ni la casa, ni la calle, ni el manso cauce del río.

Los ojos que ya no miran al atardecer caído,
sucumben incrédulos al ver compungidos,
al cuerpo de la muchacha que se alejaba sumiso,
por el danzar ondulante de la canoa en el río.

El viento serpenteaba garabatos de suspiros
y el amor se derramaba con sus fantasmas de olvido,
tallando surcos de lágrimas
sobre la piel del rostro curtido.

Y el pescador ya no pesca, su amor se lo llevó el río
y en redes de espuma blanca junto al amor partido,
quedaron sus esperanzas,
ya sin razón, ya sin destino.