jueves, 26 de junio de 2008

El amor en los tiempos sin cólera

Todo era magia, misterio, palabras encantadas,
y fue un placer cuando te fuiste, besar la huella de tu cuerpo en mi cama desarreglada,
prolongación de tu presencia en el aroma y la tibieza que dejabas.
Después, la vida se encargó de afirmar
entre despedidas y reencuentros, que todo aquello que comenzó desde la nada,
era mucho más que un simple encuentro, producto de dos almas necesitadas,
era la profanación de la cordura por el amor prohibido y que nada importaba,
que sobre todas las cosas la ternura sería el arma
con que flagelaríamos nuestros cuerpos,
en cada encuentro y hasta en una simple mirada.
Eras la coincidencia que los incrédulos negaban,
de poder amar a dos partes y sentirte igual de amada.
El tiempo pasó, la distancia parecía lejana,
el amor quizás era el mismo pero de manera diferente se expresaba,
ya no habían urgencias, solo la madurez expresada, en escasas y profundas palabras,
en miradas de fuego apasionadas, en silencios cómplices que mostraban,
que la unión entre nosotros era profunda, inmaculada,
que a pesar que a veces la pasión quemaba,
habían otros fuegos para disfrutar y eso bastaba.
Al menos eso fui cuando te amaba, entrega, espera, silencios, a veces nada,
pero el resultado fue tenerte, se que para siempre, aunque nunca seas mía,
aunque tenga la certeza que no me buscarás por las noches debajo de las sábanas,
siempre serás el amor, que surgió de la nada,
en aquel espacio etéreo, inconcebible, casi irracional,
instante fulgurante en el que supe que para siempre serías mi amada.

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