lunes, 11 de febrero de 2008

La rosa blanca

Te acuerdas cuando en otoño, allende oronda llevabas
colgada de tus enaguas la pálida rosa blanca,
que alguna vez la cortamos del rosal de la montaña,
y que dijiste que el día que nuestro amor terminara
la enterrarías con glorias y alabanzas de esperanzas,
que cuando vuelvan las lluvias, en veranos a mojarla
renacería del recuerdo la marchita rosa blanca
y hasta quizás en nosotros, florezca el amor, eso deseabas.

La rosa no floreció, de mi amor nada quedaba,
en tus recuerdos apenas sobrevivió la esperanza.
De mi, nunca mas supiste, eso decía la carta
que las manos de un chiquillo esa tarde me entregaban.
Tenía tus mismos ojos, tus mismas largas pestañas,
sacó de un sobre arrugado de sucio papel de estraza
una cajita agrietada de tantos años guardada
y me la entregó en silencios de vergüenzas y cabezas gachas,
y una sequedad desértica se apoderó de mi garganta
cuando ví guardado en ella la marchita rosa blanca,
que no floreció en veranos, y que ella atesoraba
en señal de aquel amor que murió tal cual la rosa blanca.

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